Siempre es una buena noticia que un creador valenciano sea profeta en su tierra. Mucho más, si se le acumulan los trabajos, los premios y las inauguraciones. E incluso un museo de primer orden le cede un espacio para que muestre su trabajo. Y lo que ha demostrado es el mejor resumen de lo que tantas empresas e instituciones ahora llaman imagen; pero cuyo resultado es el vacío. Él seguramente diría “un pet”. Algo que hace mucho ruido, pero que es intangible y cuyos efectos desaparecen rápidamente. Un vaso de cristal, eso sí, de proporciones ciclópeas e inalcanzable, cuatro maquetitas y unos paneles con mucho colorín, pero poca sustancia.
Ver la exposición de Javier Mariscal en el Instituto Valenciano de Arte Moderno (Ivam) es un auténtico golpe a la autoestima de cualquier creativo. Lo que importa es el nombre y quién paga, no lo que se ofrece. Aquí pagan los suizos y los que se han subido voluntariamente o no a la America’s Cup. Y el nombre lo pone el supuesto Rey Midas del diseño español. Ese que todo lo que tocaba lo convertía en oro… Voila!, Mariscal es un gran prestidigitador. Un comunicador nato. O, más bien, un sofista del siglo XXI.
Nada por aquí, nada por allá. Él es su principal personaje de cómic y con todo ese arrebato de eterno adolescente que tanto le ha funcionado, ahora pasa de garrigui a garabato. Un dibujo de trazo rápido y desaliñado.
No hay excusa. No vale decir que los deberes se los comió Cobi. Le han pillado con los pantalones bajados o ha abandonado ese activismo rebelde que no se cansa de gritar en negro sobre blanco. Quiero pensar que no ha accedido a que todos le vean el culo para dejar un nuevo catálogo en los fondos de un museo. El tiempo corre y hay que recoger la cosecha, pase lo que pase.
Al fin y al cabo, paga quien paga; maestros del chocolate y los relojes. Enhorabuena a los autores del catálogo. Cuidado Mariscal, que las llamas del trofeo de la America’s Cup no te consuman. Que los valencianos y el IVAM ya tenemos Las Fallas.
Insisto, era y es una gran noticia que, por una vez, un centro cultural de relevancia apueste por recuperar a diseñadores gráficos, industriales, a creadores de moda y fundirlos con la esencia de las vanguardias. Sólo un pero. Siempre lo hay. No perdamos todavía la fe en que esta apertura del centro al diseño sea diáfana. Y no se trate, otra vez, de un Guadiana aparecido para pagar favores a antiguos amigos, y sí de una pica en Flandes.
Por ahora, dos de dos. Dos nombres conocidos. Sin riesgo. Al menos, Bascuñán nos ofreció su lado más social y crítico.
Ana Yago · www.sanserif.es
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